Biblia y sangre.

El Génesis nos dice que todo lo que tiene movimiento y vida nos servirá de alimento, precepto que tiene su versión popular: Todo bicho que camina va a parar al asador. Pero el precepto continúa en el versículo siguiente agregando que no habéis de comer carne con sangre.

Claro está que el precepto del Antiguo Testamento sólo será respetado por aquellos que sean devotos bíblicos y será ignorado por los paganos de la antigüedad y por extensión los contemporáneos, no de hoy, sino aquellos que la iniciaron ateniéndonos a la clásica división
de los tiempos históricos que hace comenzar la edad contemporánea a fines del siglo XVIII.

Justamente en uno de los hitos que marcan el comienzo de la era contemporánea, la Revolución Francesa, hay un claro retorno al paganismo, no sólo ritual, sino mítico. El rechazo religioso, engendrado por el liberalismo burgués, cientificista e enciclopedista, encontró eco en la masa popular, los sans-culottes, descamisados revolucionarios, que el odio a la aristocracia lo extendieron al alto clero por aliados y sostenedores de la decadente monarquía.

Las injusticias y la miseria eran innegables, pero el efecto más directo eran las siniestras arengas de jacobinos como Marat, Dantón y Robespierre que ya un año antes de la época del terror (1793/94), en los primeros días de setiembre de 1792, indujeron a los más exaltados y enardecidos a producir horribles y crueles matanzas en iglesias a clérigos y nobles.

No fueron con el escenario del patíbulo y la guillotina, fueron efectuadas con machetes y sables a cientos de víctimas con rarísimas excepciones logradas en un prólogo previo a la ejecución, como ocurrió en el caso del director de los Inválidos (*).

La hija de este noble al momento de ser llevado al patio para ejecutarlo, llegó hasta él abriéndose paso entre los sables desnudos de los enjuiciadores y abrazó a su padre, de tal manera se infiltró que sorprendió a todos y logró un momento de desconcierto por su acción y sus gritos de clemencia, suficiente para que alguien piense en hacerle confirmar su entereza.

Se le presentó un recipiente con sangre de víctimas anteriores y se le propuso beber sangre de aristócrata. La joven la bebió y así salvó a su padre. La Biblia en esos momentos era un material del que todos se desprendían, por convicción o por seguridad se llevaba a las plazas donde se reunían y se quemaban públicamente. Pocos recordaban el precepto sobre la sangre.

(*) El Palacio de los Inválidos, hermoso e imponente edificio es hoy un museo militar. Fue construido durante el reinado de Luis XIV para albergar a los soldados heridos en las guerras.
Fin.
Bibliografía.
Biblia. Antiguo Testamento. Génesis. IX,3,4. Madrid, Ed. Alba, 2001. Parte I.
Thiers, M.A., “Revolución Francesa” Madrid, Mellado, 1845.
Selección y composición: Ernesto Del Gesso.

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